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Titanic: surcando los mares del lujo

Fue la noche del 14 de abril de 1912 la que pondría fin al viaje del transatlántico más grande y lujoso de la época, el famoso Royal Mail Steamship Titanic. El buque que inspiraría muchas décadas después a James Cameron y el mismo que situamos hoy como objeto de inspiración en esta decoración que trasladará a tu hogar a los primeros años del XX y lo llenará de glamourosos detalles y un exquisito lujo.

Blanca del Río 12/04/2015
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A pesar de lo trágico que fue su final (y el de las más de 1500 personas que fallecieron en él), esta gran bestia de los mares es todo un icono. Fue construido entre 1909 y 1912 en el astillero Harland and Wolff (Belfast) y contaba con todo lujo de detalles que lo convierten en una insignia de la decoración más suntuosa de principios de siglo XX. Los responsables fueron William Pirrie, director gerente de Harland and Wolff y Thomas Andrews, ingeniero naval. Si bien fallaron en el diseño de sus sistemas de seguridad, no hicieron lo mismo con sus delicados detalles. Costó un total de unos 7,5 millones de dólares de la época (unos 300 millones de dólares al cambio actual). El oro, plata y bronce envolvían al buque en un espacio de comodidad para pudientes donde los detalles clásicos con acento barroco se respiraban en cada rincón, dando como resultado una ostentosa e impresionante estructura.

Utilizaron revestimientos de madera blanca, chimeneas empotradas con estufas eléctricas y majestuosas escaleras en forma de caracol que ascendían a los lugares de reunión, como salones y comedores, espacios vestidos por delicadas alfombras y tapices. Por supuesto, las vajillas tipo limoges eran las piezas por excelencia para dar de comer a una tripulación de lujo. 

Una regia cúpula de cristal añadía luz natural al conjunto gracias a los tragaluces a ambos lados de las escaleras. En las habitaciones, el lujo no era menos: señoriales paneles de pino blanco, solemnes muebles de caoba y ambientes decorados en estilo gregoriano para aportar tranquilidad a sus pasajeros. El Palacio de Versalles fue uno de los motivos de inspiración a la hora de decorar el transatlántico, quedando patente en los tapices y paneles de madera tallados. 

Uno de los detalles que destacaban en su decoración eran los candelabros y espejos en bronce, los cuales conferían una distinguida elegancia a todos los ambientes. El mármol blanco y los vidrios tintados completaban una decoración de ensueño de un buque que, pese a estar diseñado con toda la ilusión y finura posible, no obtuvo más que un trágico final de viaje en mitad del Atlántico, quedando convertido en una auténtica leyenda que hoy descansa en las profundidades del mar. 



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